Hay agua bajo mis pies. Es primavera y una ligera lluvia moja mi cabello, lo humedece apenas. No soy de las personas que gustan de los días con lluvia del todo. Aunque si disfruto caminar bajo ella y sentir como moja ligeramente la ropa, las mejillas y mi nariz. Tengo que salir y monto la bicicleta para hacer mi trayecto. En ocasiones me siento orgulloso de rodar por esta ciudad en un vehículo que me traslada sin contaminar, sin gastar y que a la vez es movido por mi esfuerzo físico. Cuando lo pienso en otros momentos me siento ligeramente bobo y estúpido, pero al final algo orgulloso. Y bueno pensar también en que estoy disfrutando de un placer que no tuve en mi infancia me satisface: no tuve bicicleta, como muchos, aunque siempre la desee, como muchos. Así que me siento estúpidamente orgulloso y además feliz.
He tenido la fortuna y la pericia de no lograrme un accidente severo. Solo en una ocasión he caído aparatosamente y fue una noche de lluvia cuando regresaba a casa ya pasada la media noche y con unos tragos encima. Pero en realidad fue a causa de una combinación de tierra en el asfalto y un mal calculo de impulso.
Salgo camino al centro tomando la ruta personal que me he trazado pese a que existe una ciclopista que me acerca bastante. Mi ruta incluye un buen tramo de reforma un tanto para deleitarme y un tanto para hacer gala de mi transporte sustentable y ecológico. Me gusta al llegar a la calle de Hidalgo virar y comenzar a divisar la Torre Latinoamericana y del otro lado El Palacio de Bellas Artes. Es más me gusta pasar por la explanada frente de dicho palacio entre las personas que descansan o esperan o contemplan. Yo he sido uno de ellos.
De tal manera que en esta ocasión no me iba a perder de pasar frente a este hermoso monumento bajo la lluvia para fotografiar con mi mente esa imagen vivencial y archivarla en mi recuerdo. Así que entro por un costado de una jardinera y doy vuelta al volante para pasar justo por enfrente de la fachada sin advertir que a pesar de llevar llantas para montaña, mis ruedas patinan un tanto y al torcer ligeramente el volante mi vehículo se balancea y pierdo verticalidad para sentir como las llantas se patinan y mi cuerpo gana inclinación junto con la estructura de la bicicleta. Bajo inmediatamente los pies para intentar detener el impulso e impedir la caída completa pero a pesar de no llevar velocidad el peso del cuadro me gana y no puedo mas que sentir como me jala a pesar del intento de detenerme. Fue muy ligero y sutil, muy suave el contacto primero de mi pantorrilla luego del muslo, la cadera y finalmente la alineación de mi brazo y mi hombro con el piso de mármol mojado de suelo de dicha explanada.
Al igual que la vez pasada la fortuna de llevar tan integrado el cuerpo al cuerpo del aparato logro que tuviera cierto control sobre su caída y también permitirme evitar que me lastimara con el pedal o con el volante u otra parte de la bicicleta.
Al sentir como mi cuerpo yace sobre el piso húmedo me percibo completo, sin ningún malestar, quizás un poco aturdido. Me doy cuenta que me encuentro bien. Siento que hay agua bajo mi cuerpo.
He tenido la fortuna y la pericia de no lograrme un accidente severo. Solo en una ocasión he caído aparatosamente y fue una noche de lluvia cuando regresaba a casa ya pasada la media noche y con unos tragos encima. Pero en realidad fue a causa de una combinación de tierra en el asfalto y un mal calculo de impulso.
Salgo camino al centro tomando la ruta personal que me he trazado pese a que existe una ciclopista que me acerca bastante. Mi ruta incluye un buen tramo de reforma un tanto para deleitarme y un tanto para hacer gala de mi transporte sustentable y ecológico. Me gusta al llegar a la calle de Hidalgo virar y comenzar a divisar la Torre Latinoamericana y del otro lado El Palacio de Bellas Artes. Es más me gusta pasar por la explanada frente de dicho palacio entre las personas que descansan o esperan o contemplan. Yo he sido uno de ellos.
De tal manera que en esta ocasión no me iba a perder de pasar frente a este hermoso monumento bajo la lluvia para fotografiar con mi mente esa imagen vivencial y archivarla en mi recuerdo. Así que entro por un costado de una jardinera y doy vuelta al volante para pasar justo por enfrente de la fachada sin advertir que a pesar de llevar llantas para montaña, mis ruedas patinan un tanto y al torcer ligeramente el volante mi vehículo se balancea y pierdo verticalidad para sentir como las llantas se patinan y mi cuerpo gana inclinación junto con la estructura de la bicicleta. Bajo inmediatamente los pies para intentar detener el impulso e impedir la caída completa pero a pesar de no llevar velocidad el peso del cuadro me gana y no puedo mas que sentir como me jala a pesar del intento de detenerme. Fue muy ligero y sutil, muy suave el contacto primero de mi pantorrilla luego del muslo, la cadera y finalmente la alineación de mi brazo y mi hombro con el piso de mármol mojado de suelo de dicha explanada.
Al igual que la vez pasada la fortuna de llevar tan integrado el cuerpo al cuerpo del aparato logro que tuviera cierto control sobre su caída y también permitirme evitar que me lastimara con el pedal o con el volante u otra parte de la bicicleta.
Al sentir como mi cuerpo yace sobre el piso húmedo me percibo completo, sin ningún malestar, quizás un poco aturdido. Me doy cuenta que me encuentro bien. Siento que hay agua bajo mi cuerpo.

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